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    A pesar de haber estado toda la semana chateando, el viernes por la mañana recibí un correo en el que me informaba, muy escuetamente, que llegaba esa tarde en avión, para pasar conmigo el fin de semana. A la hora indicada, con puntualidad enfermiza, estaba yo en el aeropuerto esperándola. Ella salió por fin con su equipaje de la sala de llegadas. Me dio un casto beso y tras pocas palabras entre los dos montamos en mi utilitario. A mitad de la media hora que escasamente dura el recorrido del aeropuerto a mi modesta casa, me dijo que aparcase donde pudiese. Allí mismo, en cuanto detuve el vehiculo, ella se abalanzó sobre mí, dándome besos y caricias, llegando incluso a sacar mi pene. Lleno de excitación, seguí su ritmo. De repente, cuando ella quiso, me mandó que guardase de nuevo mi miembro. Obedecí a duras penas y terriblemente excitado, continuamos el pequeño viaje. Al llegar a casa, sacó de su equipaje los escasos vestidos que traía para ella y los numerosos regalos para mí, en general ropa para que yo fuese a su gusto. Después de descansar un rato, la bañé y sequé, le di masajes y finalmente lamí su anhelado coño, hasta que sentí lleno de placer, que se corría. No me fue permitido correrme, lo cual me llenó más aún de excitación. Ya mas tarde, salimos a un carísimo restaurante donde ella, como siempre, me invitó a cenar. Ella pidió primero los platos que iba a saborear. Yo, a continuación, solicite los míos, pero ella, para demostrar su dominio sobre mi al camarero, canceló todos los platos que yo pedí y encargó otros, mas caros y suculentos. Me sentí humillado, si, pero sometido y muy excitado. A mitad de la cena, quizás por que se aburría, me ordenó que fuese a los servicios de señoras, siguiéndola. Tras entrar en estos, me mandó desnudarme y allí empezó a excitarme oralmente. De nuevo llegamos hasta el limite donde a partir de ahí se llega al orgasmo. Ella, conocedora de este tema, riendo, me ordenó de nuevo que me vistiese y así, excitado continuamos con la cena. Yo quería volver a casa lo antes posible, pues la deseaba más que nunca, pero ella retrasaba eso, sabiendo que así me hacía sufrir. Por fin, ya de nuevo en mi hogar, me mandó desnudarla poco a poco. Su hermoso cuerpo fue apareciendo ante mi vista como si fuese un tesoro y al fin, me permitió desvestirme yo, quitándome las caras ropas que ella me mandaba vestir. Ella después se tumbó en la cama y yo la acompañé, recorriendo todo su cuerpo con mi lengua y manos. Por fin, me dio permiso y le hice alcanzar el éxtasis. Ella me acarició y beso profusamente como premio.

    -Por favor,- supliqué,-¿puedo correrme?

    Ella me miró sonriente, diciéndome:

    -No. Quiero que sigas todo el fin de semana tan atento conmigo. Si te corres ya, se te iran las ganas de complacerme y es eso, tu servicio, lo que me gusta de ti.

    -Déjame, te lo ruego. No bajara ni un segundo mi rendimiento.

    -Os conozco,-contestó ella.- Se lo que pasaría, así que vamos a dormir. Estoy cansada

    Ella me abrazo y en silencio, nos dispusimos a dormir. Ella lo logró pronto. A mi me fue imposible. La excitación, con su cuerpo a su lado, era insostenible.

    -No se enterará, -pensé y con sumo cuidado, me levanté y me introduje en el pequeño cuarto de baño. Mi erecto pene recibió mi mano como si fuese el maná. Me imaginaba penetrándola, primero en su ano, después en su coño para finalmente meterla en su boca. Apoyé mi mano izquierda en la pared, para dejar caer mi semen en la taza del retrete, cuando de repente, la puerta se abrió.

    -Cerdo, fue su única palabra. Me agarró por mi pene, ya muy cercano al orgasmo y me llevó estirando de este hasta el centro del salón.

    -¿No podías aguantarte?, -preguntó iracunda.

    -Lo siento, perdona…

    Cogió un cinturón y se colocó detrás de mí. Comenzó entonces a azotarme en las nalgas, diciéndome:

    -Sigue masturbándote, cerdo. No dejare de azotarte hasta que tu basura salga de esa estúpida polla.

    Obedecí. Mi mano masajeó mi pene mientras los golpes caían. En muy pocos minutos, ya que estaba muy excitado, me corrí. Ella se detuvo y ordenándome que lo limpiase, volvió a la cama. Tras asearlo todo, la seguí. Sabía que eso traería consecuencias, pero no tan pronto. No había pasado ni media hora, cuando yo ya estaba dormido y ella besándome me despertó, diciéndome que me pusiese de nuevo en pie. Ella lo hizo también y cogiendo de nuevo el cinturón, empezó de nuevo a castigarte.

    -Sois todos iguales. No has podido aguantarte y para conseguir unos segundos de orgasmo me has desobedecido. Como yo te quiero tanto, voy a hacer que sean algunos cuantos mas esta noche. Mastúrbate de nuevo. Igual que antes, no dejaré de azotarte hasta que no fluya tu semen

    Mi empequeñecido pene empezó a crecer, poco a poco. Loa azotes me excitaron de nuevo y lentamente poco a poco, azote a azote, llegué de nuevo al orgasmo, pero esta vez mucho mas tarde que antes. Me ordenó de nuevo limpiar mi semen y regresamos al lecho. Creía que estaba el tema zanjado y su enfado olvidado, cuando tres cuartos de hora después, ella volvió a despertarme.

    -En pie, cerdo, -tronó en mis oídos.

    -Por favor, eso de nuevo no, -supliqué.

    Riendo y estirando de mis pies, me puso de nuevo alzado en el centro del salón. Tomó el cinturón y comenzó por tercera vez a azotarme. Mi dolorido culo los notó mas calientes aun.

    -Agarra ese pellejo que cuelga de tu entrepierna y hazlo funcionar de nuevo, -me decía riendo.

    -Por favor, perdóname, no lo haré más.
    -Calla y si quieres volver a la cama pronto, haz que salga tu leche. ¿No es eso lo que te gusta tanto?

    Los azotes caían casa vez mas dolorosos. Cogí mi pene. Adormecido, cansado y seco, fue difícil ponerlo de nuevo erecto. Bastantes minutos después, mientras los azotes me llegaban sin cesar ni un instante, por fin logré que algunas escuálidas gotas de semen brotaron en mi reseca polla.

    Ella me beso entonces, diciéndome:

    -Así me gusta. Limpia de nuevo y a la cama.

    Obedecí por enésima vez y regrese a la cama junto a ella. Su cálido cuerpo me invitaba al sueño. Pero no fue por mucho rato. Una hora más tarde, unas bofetadas me despertaron.

    -En pie de nuevo. Es hora de otra pajita.

    -No, por favor, te lo suplico.

    Me agarró por mi nuca, colocándome de pie. Sin decir nada, empezó a azotarme por cuarta vez. Deseando acabar lo antes posible, agarré mi polla. Esta se empinó muy levemente. Entendí entonces que a pesar de los azotes, no lograría correrme de nuevo.

    -Lo siento. Azótame todo lo que quieras, pero no podré hacerlo de nuevo.

    Los golpes cayeron intensamente acompañados por sus risas.

    -Por favor, perdóname. No te desobedeceré nunca más. Jamás. –dije casi llorando.

    Al escuchar esto, dejo de azotarme. Se colocó frente a mí, besándome, acariciándome y diciéndome:

    -Pobrecito mío. ¿Has aprendido ya?
    -Si. No lo haré más.

    Sus manos acariciaron mis doloridas y calientes nalgas. Sin dejar de besarme, me llevo hasta la cama. Se tumbó boca arriba, separando las piernas. Yo me arrodillé entre estas.

    Ella, sin dejar de acariciarme, me dijo:

    -Tienes la culpa de todo esto: Si me hubiese obedecido, estaríamos dormidos hace ya rato. Ahora estoy muy excitada. Haz pronto que me corra y nos dormiremos juntos, sino, volverán los azotes.

    Acerqué mis labios a los de su sexo y busqué su clítoris. Su sabroso coño me enloquecía de nuevo. Ella gemía y vibraba, diciéndome:

    -Pobrecito, como se le ha quedado el culito y la pilila. ¡Sigue, sigue!

    Por fin, llegó al orgasmo. Me abrazó, llenándome de besos y así, entrelazados, dormimos durante el resto de la noche. Pero antes de conciliar el sueño, yo, decidí no desobedecerla nunca jamás y me propuse complacerla en todo lo que quedaba de fin de semana.

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