Tecnología
Swipe fatigue: los mayores de 40 se alejan de las apps de citas en busca de algo más lento
El deslizamiento infinito cansa, y muchos adultos de mediana edad están bajándose de las apps. Crecen los espacios donde primero se conversa y la foto deja de mandar.
Marta, 46 años, calcula que pasó por cuatro apps en año y medio. Las desinstaló todas una noche, después de la enésima conversación que se apagó al tercer mensaje. No estaba dolida ni decepcionada con nadie en concreto: estaba cansada. Cansada del gesto, del pulgar arriba y abajo, de medir a una persona por una foto a contraluz y una frase de manual. Esa sensación tiene nombre informal y mucha gente de su edad la reconoce de inmediato: swipe fatigue, el agotamiento del deslizar sin fin.
No es que las apps hayan dejado de funcionar. Es que el modo en que funcionan empieza a chocar con lo que buscan quienes ya pasaron los cuarenta. A esa edad cambia el ritmo. Hay menos prisa por acumular contactos y más ganas de que algo, cuando aparece, tenga sustancia. El catálogo infinito, que a los veinte podía parecer abundancia, a los cuarenta y pico se vive a menudo como ruido.
El cansancio no es de la tecnología, es del formato
Conviene separar dos cosas. Conocer gente por internet no agota a nadie: lo que agota es un diseño pensado para que nunca pares. La foto manda, el perfil se reduce a un escaparate y la conversación queda relegada a un trámite que muchas veces ni llega. Quien busca algo más lento descubre que la herramienta empuja justo en la dirección contraria.
Hay quien sostiene que el problema de fondo es haber convertido el conocer a alguien en una tarea de productividad. Más perfiles vistos, más matches, más eficiencia. Y el deseo, el interés genuino por otra persona, no funciona así. Se cuece a fuego lento, en el ida y vuelta de una charla que no tiene prisa por ir a ningún sitio.
Frente a eso, ganan terreno los espacios donde la lógica se invierte. Lo primero es leerse, no mirarse. Algunos rasgos que la gente de mediana edad valora cuando se baja del carrusel:
- Conversar antes de decidir, sin que una foto cierre la puerta de entrada.
- Tiempos amplios, sin la presión de responder ya o perder el turno.
- Intereses y forma de hablar por delante del físico como primer filtro.
- Menos cantidad de contactos y más continuidad con los pocos que enganchan.
En esa línea van plataformas como nuestro chat, donde el punto de partida es la palabra y no el deslizamiento. No hace falta posar para nadie: se entra, se charla y cada quien decide su ritmo.
El matiz incómodo
Sería fácil pintar esto como la gente madura volviendo a lo auténtico frente a la frivolidad de las apps. Pero la nostalgia engaña. Conversar más despacio tampoco garantiza nada: también se puede hablar mucho y conectar poco, o usar la charla como una pantalla más detrás de la que esconderse. El formato lento ayuda, no hace milagros.
Y hay una parte honesta que no conviene tapar: a algunas personas la lentitud les incomoda. Acostumbradas a la respuesta inmediata, esperar les genera ansiedad en lugar de calma. Bajarse del deslizamiento no es automáticamente mejor; es distinto, y le sienta bien a quien encaja con ese ritmo, no a todo el mundo por igual.
Lo que sí parece claro es que mucha gente de cuarenta para arriba está reordenando prioridades. No quiere más opciones, quiere mejores conversaciones. Esa diferencia, que suena pequeña, cambia por completo el tipo de espacio que se busca. Saber qué se quiere antes de empezar a hablar, y decirlo, forma parte del juego: por eso vale la pena cuidar la comunicación y el consentimiento desde el primer mensaje, no como un trámite, sino como la base de que algo funcione.
Quizá la lección sea menos dramática de lo que parece. No hay una guerra entre las apps y la charla pausada. Hay personas que, en cierto momento de la vida, deciden que prefieren empezar por escuchar. Y un ecosistema digital que, poco a poco, está haciendo sitio a esa manera más calmada de encontrarse.
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