Generación Z y las relaciones: menos sexo, más vínculos elegidos
Los menores de 28 años tienen menos relaciones sexuales que ninguna generación anterior, pero redefinen el vínculo afectivo con más criterio.
El informe anual de la Sociedad Europea de Medicina Sexual de 2024 confirmó lo que varios estudios nacionales venían apuntando: la Generación Z —nacidos entre 1997 y 2012— mantiene una actividad sexual significativamente menor que los millennials a su misma edad. En España, la última Encuesta Nacional de Salud Sexual cifra en un 34% la proporción de jóvenes de 18 a 25 años que declara no haber tenido ninguna relación sexual en el último año. En 2009, ese porcentaje era del 19% para el mismo grupo de edad.
Qué hay detrás de los datos
La lectura rápida convierte el dato en paradoja: la generación más expuesta a contenido sexual —redes sociales, plataformas de streaming, pornografía accesible desde la adolescencia— es también la que menos sexo practica. Pero los investigadores advierten contra la simplificación. Lo que ha cambiado no es el deseo, sino el umbral de tolerancia al vínculo de baja calidad.
Los estudios cualitativos apuntan a varias causas concurrentes: mayor conciencia sobre el consentimiento y las dinámicas de poder, menor disposición a sostener relaciones insatisfactorias por presión social, y una redefinición de la intimidad que no necesariamente pasa por el contacto físico. La salud mental ocupa un lugar central en las prioridades de este grupo, y muchos jóvenes describen las relaciones esporádicas como fuente de ansiedad más que de placer.
Vínculos elegidos frente a vínculos heredados
Donde la generación Z sí invierte energía emocional es en lo que la sociología denomina relaciones electivas: amistades profundas elegidas por afinidad real, grupos de apoyo construidos fuera del núcleo familiar, comunidades online con alto nivel de confianza. Este capital relacional no aparece en las estadísticas de actividad sexual, pero los especialistas lo consideran igualmente relevante para el bienestar.
También es la generación que más normaliza la asexualidad como identidad y que más utiliza términos como demisexualidad —el deseo condicionado a un vínculo emocional previo— para describir su experiencia. El lenguaje nuevo no crea realidades nuevas, pero sí permite nombrar experiencias que antes carecían de categoría reconocida.
Qué implica esto para la educación sexual
Los modelos de educación sexual diseñados hace veinte años asumían que el reto principal era la prevención de conductas de riesgo en adolescentes sexualmente activos. La realidad actual es más compleja. Los profesionales que trabajan con jóvenes reportan una demanda creciente de orientación sobre cómo construir intimidad, cómo comunicar el deseo y cómo manejar la ansiedad asociada al encuentro físico.
El reto no es convencer a nadie de tener más o menos sexo. Es ofrecer herramientas para que el vínculo elegido, cualquiera que sea su forma, se pueda construir con criterio y sin presión. En eso, la Generación Z va por delante de los modelos educativos disponibles.
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