Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas

complicidad

Dos cafés y una tormenta

Compartían pared de oficina y nada más, hasta que un apagón por la tormenta los dejó a solas con la única vela del edificio.

El primer trueno reventó justo cuando Clara guardaba el portátil. Las luces de la oficina parpadearon dos veces y se apagaron del todo, y con ellas el zumbido del aire acondicionado, los monitores, todo. Quedó el silencio y, al otro lado del tabique, la voz de Tomás.

—¿Sigues ahí?

—Sigo —dijo ella—. Atrapada con la tormenta del siglo.

Llevaban ocho meses compartiendo pared. Se cruzaban en la máquina de café, se prestaban cargadores, se reían de los mismos correos absurdos. Nada más. Pero Clara había contado las veces que se le había quedado mirando la boca cuando hablaba, y eran demasiadas para seguir fingiendo que no contaba. Tomás apareció en el marco de su puerta con el móvil encendido como linterna y una vela robada de la cocina.

—La encontré en el cajón de las cosas de Navidad —dijo, encendiéndola con un mechero—. Toca esperar a que vuelva la luz.

La llama les puso a los dos una cara nueva. Clara se sentó sobre la mesa, con los pies colgando, y él se quedó de pie, demasiado cerca para una conversación de pasillo y demasiado lejos para otra cosa. Hablaron en voz baja, porque la oscuridad pide voz baja, y en algún momento dejaron de hablar. Fuera, la lluvia caía como si quisiera tirar el edificio.

—Llevo meses queriendo hacer algo —dijo Tomás— y nunca encuentro el momento.

—Pues es buen momento —respondió Clara, y le tendió la mano.

Él se acercó, le puso una mano en la rodilla y la otra en la mejilla, y la besó con un cuidado que la desarmó más que cualquier prisa. Clara le agarró la corbata y tiró de ella para acabar con la distancia. Se besaron despacio sobre la mesa, entre el teclado y la taza vacía de la tarde, riéndose bajito cuando algo caía al suelo.

Tomás le abrió la blusa con dedos que temblaban un poco, y ella se lo agradeció con un mordisco suave en el labio. La vela proyectaba sus sombras enormes contra el cristal de la sala. Clara le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo, y él la sostuvo por la espalda mientras le besaba el cuello, el escote, todo lo que la oscuridad le iba descubriendo. Ella le hundió los dedos en el pelo y susurró su nombre, no como una pregunta, sino como un permiso.

Lo hicieron allí mismo, sobre la mesa de las reuniones aburridas, con la tormenta tapándolo todo y la vela quemándose a su lado. Clara le mordió el hombro para no hacer ruido y se rio contra su piel de lo absurdo de la precaución, si no había nadie en tres plantas. Tomás la sostuvo contra él, una mano en su nuca, y se movió con ella hasta que los dos perdieron el cuidado y el silencio a la vez.

La vela siguió ardiendo. Tomás notó el ribete del cuello de ella, un hilo de seda deshilachado que llevaba meses frente a él sin verlo. Clara apoyó la palma en la madera de la mesa, que crujió despacio, casi discretamente. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales en ráfagas irregulares. Dentro, el único ruido era la respiración de los dos y el parpadeo de la llama contra el techo. Él le apartó el pelo de la oreja. Ella no dijo nada. Eso también era una respuesta.

Cuando las luces volvieron, de golpe, con su zumbido y su brillo blanco, se quedaron parpadeando como dos topos. Clara empezó a abrocharse la blusa muerta de risa. Tomás apagó la vela de un soplo.

—Mañana —dijo él— te invito al café.

—Mañana —contestó Clara, recogiendo su portátil— me siento en tu lado del tabique.

¿Te ha gustado?

¿Te has quedado con ganas de más?

Entra al canal de relatos eróticos y cibersexo y compártelo con gente real. Solo +18.

✅ Sin registro · 🔒 anónimo · 🔞 solo mayores de 18 años

Más relatos