Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
reencuentro
El portazo del 4.º B
Volvió al edificio donde habían vivido sin tocarse y la encontró en la escalera, con la misma llave que nunca devolvió.
La luz del rellano se apagó justo cuando Marcos metía la llave en la cerradura del 4.º B. Tanteó el interruptor, dio con el hombro contra algo tibio y oyó una risa baja que reconoció antes de verla. Elena. Tres años después, con el abrigo aún puesto y una caja de cartón entre los brazos, en la misma escalera donde se habían cruzado mil veces fingiendo que no se miraban.
—Pensé que habías dejado el piso —dijo ella.
—Y yo que tú no volvías a Madrid.
La caja era la excusa: venía a recoger lo que quedaba suyo, dos libros y una taza fea que él había guardado en lo alto del armario sin atreverse a tirarla. Subieron juntos. En el descansillo, Elena se apoyó en la pared para descansar el peso y Marcos notó el perfume de siempre, ese que olía a naranja y a algo más oscuro debajo. No habían decidido nada y ya estaban demasiado cerca.
Dentro, el piso conservaba su geografía. Ella dejó la caja sobre la mesa y se giró despacio, como quien comprueba si el suelo sigue firme. Marcos le quitó el abrigo de los hombros sin preguntar; ella lo permitió girando apenas el cuello, ofreciéndole la nuca. Fue un gesto pequeño y fue todo. Él rozó esa nuca con los labios, sin prisa, y sintió cómo Elena contenía el aire y luego lo soltaba contra su mano.
—Esto es muy mala idea —murmuró ella, pero ya le había cogido la camisa por el cuello.
Se besaron con la prisa de quien lleva tres años con esa frase atascada. Ella tiró de él hacia el sofá, él la sentó en el brazo y le abrió la blusa botón a botón, deteniéndose en cada uno para mirarle la cara, para ver si seguía diciendo sí. Lo decía con los ojos medio cerrados, con las rodillas que se abrían para dejarle sitio, con las uñas que se le clavaban en el hombro cuando la boca de Marcos bajó por su clavícula.
Ella notó el peso de él sobre sus costillas, la lana del sofá raspándole la espalda desnuda. Marcos tenía los labios fríos todavía, del vino, y eso contrastaba con la piel que encontraba debajo de la mandíbula, en el hueco donde el cuello se curva antes del hombro. Elena soltó el aire despacio. No dijo nada. La lámpara del salón zumbaba con ese runrún antiguo que ella había escuchado tres años antes, en otra noche, en este mismo apartamento, con la misma luz amarilla sobre el mismo techo.
Marcos recordaba exactamente dónde poner la mano, cuánto apretar, qué la hacía arquearse y soltar ese sonido que no era del todo una palabra. Elena lo recordaba a él: lo desnudó con una eficacia que los hizo reír a los dos, y la risa se deshizo en cuanto él la tumbó sobre los cojines y se quedó un instante mirándola, entera, antes de hundirse en ella.
Se movieron despacio primero, midiéndose, y luego ya no. La caja seguía sobre la mesa con sus dos libros y su taza fea, olvidada. Elena le sostuvo la cara con las dos manos mientras terminaba, obligándolo a mirarla, y Marcos pensó que jamás había sabido negarle nada cuando lo miraba así.
Después se quedaron quietos, ella encima, el corazón de los dos haciendo ruido. Por la ventana entraba el rumor de la calle. Elena le besó la barbilla, se incorporó y empezó a buscar la blusa entre los cojines.
—Me llevo la taza —dijo, abrochándose— y los libros.
—Llévate la llave también —respondió Marcos—. Por si vuelves a quedarte a oscuras en la escalera.
Ella se guardó la llave en el bolsillo sin contestar. En la puerta se giró, lo miró una última vez con media sonrisa y la cerró sin portazo. Marcos se quedó escuchando sus pasos bajar, uno a uno, y no se movió hasta que el portal se cerró abajo.
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