Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas

complicidad

El refugio del portal

Una tormenta los obliga a compartir el pequeño refugio del portal, y la electricidad de la lluvia se vuelve la de sus cuerpos.

La lluvia golpeaba el cristal del portal con una cadencia que hacía temblar el suelo de los dos vecinos, y el ruido de los truenos se filtraba entre las paredes como un susurro que invitaba a no salir.

María, con la chaqueta aún empapada, se apoyó contra el marco mientras revisaba su móvil. Cuando la luz del pasillo se apagó, una sombra se deslizó al otro lado, y el hombre que vivía al piso de arriba, Javier, encendió una vela que encontró entre sus cosas.

El tenue fuego proyectó destellos sobre sus rostros; el calor de la llama contrastó con el frío que se colaba por la rendija de la puerta. "Parece que la tormenta nos ha dejado sin excusa para seguir con nuestras vidas", dijo Javier, con una sonrisa que no ocultaba el alivio de no estar solo.

María asintió, sintiendo cómo la humedad se adhería a su cuello. "Al menos no tenemos que salir a buscar refugio", respondió, dejando que su voz temblara ligeramente. Sus ojos se cruzaron, y en ese instante el espacio entre ellos se redujo a la proximidad de sus respiraciones.

Javier se acercó, y el perfume de su colonia, mezclado con el olor a tierra mojada, la envolvió. Sus manos, todavía frías por la lluvia, rozaron el hombro de María, trazando una línea que parecía dibujar un mapa de deseo.

Sin decir nada más, él tomó la mano de ella, guiándola hacia el interior del portal donde la vela iluminaba una pequeña alfombra. El sonido de la lluvia se volvió un latido que acompañaba cada movimiento.

María sintió cómo los dedos de Javier se deslizaban por su espalda, descubriendo la curva de su cintura. Cada roce hacía que la ropa se volviera más pesada, como si la humedad quisiera permanecer en la piel. "¿Te quedarás aquí hasta que pase?" preguntó, su voz entrecortada.

Él asintió, y con un gesto suave la acercó más, sus labios encontrándose en un beso que no necesitó de palabras. La chispa de la vela reflejaba en sus ojos, y el mundo exterior se redujo a la lluvia, al fuego y al calor que ahora compartían.

El portal se convirtió en su refugio, y la tormenta, en la excusa perfecta para descubrir una complicidad que había permanecido dormida entre dos puertas contiguas. Cuando la luz del amanecer se asomó por la grieta de la puerta, ambos sabían que la lluvia había dejado algo más que charcos en la acera.

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