Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas

cita

El segundo vino

Ella había decidido que la cita terminaría con el postre. El camarero todavía no había recogido los platos cuando cambió de idea.

Marta giró la copa por el tallo, sin beber, mirando cómo el reflejo de la vela temblaba en el vino. Enfrente, Diego acababa de reírse de algo que ella ni siquiera había dicho con gracia, y ese detalle —reírse de más, reírse antes de tiempo— le gustó tanto que tuvo que bajar la vista al mantel.

—Me estás mirando como si fuera a salir corriendo —dijo él.

—Estoy decidiendo si pido postre —contestó ella, y era mentira a medias. Lo que decidía era otra cosa, una que llevaba media hora rondándole. La forma en que él apoyaba el antebrazo en la mesa. La vena que se le marcaba cuando movía la mano. Tonterías que de pronto no lo parecían.

—Pide los dos —propuso Diego—. Y los compartimos.

Marta apartó la copa y se inclinó un poco. No mucho. Lo justo para que él notara que el aire entre los dos había cambiado de densidad. —¿Y si en vez de postre me invitas a esa última copa que has dicho que tenías en casa? —El silencio que vino después no fue incómodo; fue de los que se llenan solos. Él soltó el aire despacio, asintió, y pidió la cuenta sin dejar de mirarla.

El piso de Diego olía a libros y a algo cítrico. Él fue a servir el vino y ella lo siguió hasta la cocina sin que se lo pidiera, se apoyó en la encimera, y cuando él se giró con las dos copas se encontró con que Marta estaba más cerca de lo que recordaba haberla dejado. Dejó las copas. Ninguno de los dos las volvió a tocar esa noche.

El primer beso fue de prueba, breve, una pregunta. El segundo ya no preguntaba nada. Ella le subió las manos por el pecho, le aflojó el primer botón con una lentitud que era casi crueldad, y Diego respondió enredando los dedos en su pelo, inclinándole la cabeza para besarle el cuello justo donde el pulso latía rápido. —Dime si voy bien —murmuró él contra su piel, y ella se rió, un sonido bajo y ronco, y le dijo que mejor que bien, que siguiera, que no se le ocurriera parar.

La llevó casi en volandas hasta el sofá, riéndose los dos cuando tropezaron con una silla. La ropa fue cayendo a trozos, sin prisa pese a las ganas, porque a Marta le interesaba mirar: el modo en que él contenía la respiración cuando ella le rozaba con las uñas la espalda, cómo cerraba los ojos cuando ella tomaba el control y se acomodaba sobre él. Diego le sujetó las caderas con las dos manos, no para guiarla sino para sentirla, y dejó que fuera ella quien marcara el ritmo, ese ir y venir que empezó perezoso y se volvió urgente sin que ninguno lo decidiera del todo.

—Mírame —pidió ella, y él abrió los ojos, y lo que vio en ellos la empujó al borde antes de lo previsto. Se aferró a sus hombros, escondió la cara en su cuello, y Diego la sostuvo por los hombros mientras el temblor la recorría, susurrándole cosas que no eran palabras exactas pero que ella entendió igual. Después se quedaron así, encajados, su corazón contra el de él, sin ganas de moverse.

Fue Marta la que habló primero, cuando ya el sudor se enfriaba y la risa volvía despacio. —Yo había decidido que esta cita terminaba con el postre —confesó.

—¿Y? —Diego le apartó un mechón de la frente.

—Y he cambiado de idea sobre muchas cosas esta noche. —Alcanzó por fin una de las copas olvidadas, dio un sorbo, se la pasó a él. Afuera empezaba a clarear y a ninguno de los dos le pareció que fuera tarde, sino exactamente la hora que era.

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