Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
madurez
El último brindis del verano
En la terraza del viejo hotel, el roce de una mano y el perfume del jazmín reavivan una llama que nunca se apagó.
El sol se despedía detrás del muelle, tiñendo de ámbar la piscina del Hotel Miramar. Alicia, con su vestido de lino azul marino, dejó que la brisa le despeinara los cabellos canosos, mientras una copa de vino blanco reposaba sobre la mesa de hierro forjado. A lo lejos, el sonido de una guitarra flamenca se colaba entre los risueños murmullos de los comensales.
Cuando Carlos llegó, la luz del atardecer le dibujó una sombra alargada sobre la terraza. Llevaba una camisa de lino gris, sin corbata, y una sonrisa que había guardado para momentos como ese. Sus ojos se cruzaron con los de Alicia y, sin decir palabra, él tomó la silla frente a ella, dejando que sus dedos rozaran la palma del vaso, como si buscara una excusa para tocarla.
—¿Te acuerdas de la primera vez que nos conocimos en aquella exposición de arte?,— preguntó Carlos, con la voz ligeramente áspera por el vino.
Alicia rió, un sonido suave que se perdió entre el murmullo del mar. —Cómo olvidar el olor a pintura fresca y ese perfume de jazmín que llevabas… —respondió, mientras sus dedos se deslizaban, casi sin querer, por la tela del mantel, rozando la piel de Carlos.
El contacto fue breve, pero suficiente para encender una corriente eléctrica que los hizo estremecer. Carlos bajó la mirada, notando el leve temblor de la mano de Alicia al sostener la copa. Con un gesto casi imperceptible, tomó su mano con la suya, apretándola con una firmeza que hablaba de años de confianza y de una pasión que nunca había perdido su fuego.
El vino se volvió más dulce, el sonido de la guitarra más cercano. Alicia sintió el calor de la palma de Carlos contra su muñeca, y, sin pensarlo, dejó que su otro brazo se deslizara alrededor de su cuello, apoyando su cabeza contra el hombro del hombre que había sido su compañero de baile en tantas noches. El aroma del jazmín, ahora mezclado con la sal del mar, llenaba el aire y los hacía respirar más profundo.
Sin necesidad de palabras, sus labios se encontraron. Fue un beso lento, como si quisieran saborear cada instante que habían dejado pasar. Los labios de Carlos eran firmes, pero suaves, y la lengua de Alicia exploró con delicadeza, descubriendo la familiaridad de una piel que había envejecido como el buen vino: más rica, más compleja.
Cuando finalmente se separaron, el aliento se volvió un susurro compartido. Alicia apoyó su mano en el pecho de Carlos, sintiendo el latido acelerado bajo la ropa. —Hace tiempo que no… —dijo, dejando que la frase se quedara a medio decir, porque el resto estaba en la forma en que sus cuerpos se acercaban.
Se levantaron, dejando atrás la mesa y la copa vacía. Caminaron descalzos por la terraza, la arena fría bajo sus pies, mientras la noche caía y las estrellas empezaban a asomar. En el borde de la piscina, el agua reflejaba la luz de la luna, y allí, bajo la mirada cómplice del cielo, Carlos se volvió y, con una mano, deslizó el brazo de Alicia sobre su pecho, invitándola a un último abrazo antes de sumergirse en la oscuridad del deseo que, después de tantos años, seguía tan viva como siempre.
¿Te has quedado con ganas de más?
Entra al canal de relatos eróticos y cibersexo y compártelo con gente real. Solo +18.
Más relatos
Entre luces y susurros en el vagón nocturno
Una mirada furtiva y el suave crujir del tren convierten una noche cualquiera en un juego de caricias y confesiones.
Leer más → a-distanciaEl roce de la primera mirada
Tras meses de susurros digitales, sus cuerpos se encuentran en una terraza de Madrid, y el aire se vuelve testigo del deseo que ambos habían alimentado.
Leer más → reencuentroEl café de la esquina
Una taza humeante y una mirada que no olvida. Cuando sus manos se rozan tras años, el pasado vuelve a latir con fuerza.
Leer más →