Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
Relato erótico
El último trago en Palermo
Dos desconocidos comparten una mesa en Buenos Aires una noche de diciembre. Lo que no se dijeron duró más que lo que se tocaron.
Era una de esas noches de diciembre en que Buenos Aires huele a tormenta sin que la tormenta llegue nunca. Marcela había entrado al bar de Honduras casi por azar —el aire acondicionado del local de al lado había dejado de funcionar y ella llevaba veinte minutos esperando a alguien que no iba a venir. Lo supo cuando la tercera llamada fue directamente al buzón.
Se sentó en la última banqueta libre de la barra, pidió un Campari con soda y puso el teléfono boca abajo sobre la madera. A su izquierda había un hombre de unos cuarenta y tantos que leía algo en papel —un libro de verdad, de los que ya casi nadie llevaba en el subte— y que no levantó los ojos cuando ella se acomodó.
Marcela lo miró de reojo. Tenía las manos de alguien que trabaja con ellas o que trabajó con ellas hace tiempo: los nudillos ligeramente anchos, las venas visibles bajo la piel bronceada. Llevaba una camisa blanca con el primer botón abierto y el dobladillo por fuera del pantalón, como si hubiera empezado el día con intención de parecer formal y lo hubiera ido abandonando por el camino.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó ella sin pensarlo demasiado. Cuando uno ha esperado en vano durante veinte minutos a alguien, las inhibiciones sociales se aflojan un poco.
El hombre levantó la vista. Tenía los ojos de un color indefinido entre el gris y el verde, del tipo que parece distinto según la luz. Sostuvo el libro para que ella pudiera ver la portada: El libro del desasosiego, de Pessoa.
—Qué cosa para leer en diciembre en Buenos Aires —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque Pessoa es para el frío.
Él consideró esto con una seriedad que podría haber sido irónica o podría haber sido genuina, y Marcela no supo cuál de las dos era. Eso le pareció, por alguna razón, interesante.
—O para las noches de diciembre en que la tormenta no termina de caer —dijo él.
Y ahí fue donde empezó todo lo que no iba a pasar.
Hablaron durante una hora y media. Del libro, de Lisboa, de que él había vivido dos años allá y que Buenos Aires y Lisboa se parecen en algo que no es la arquitectura sino el modo en que la gente camina por la tarde cuando ya sabe que nada va a resolverse ese día. De ella, que traducía textos técnicos del inglés y que a veces, cuando el texto era especialmente aburrido, introducía pequeñas distorsiones para ver si alguien lo notaba. Nadie lo había notado nunca.
—Eso es un poder enorme —dijo él, y lo dijo mirándola de una manera que hizo que Marcela sintiera el Campari circular más deprisa de lo habitual.
El barman les preguntó si querían otro. Él miró a Marcela. Marcela miró el teléfono, todavía boca abajo, todavía sin mensajes. Asintió.
El segundo trago lo tomaron más despacio. En algún momento sus brazos se rozaron sobre la barra y ninguno de los dos se movió. Era un contacto mínimo —el exterior del antebrazo de él contra el interior del antebrazo de ella— y sin embargo Marcela era perfectamente consciente de cada centímetro de esa superficie compartida.
Él habló de su hijo, que vivía con su madre en Mendoza y al que veía cada tres semanas. Lo dijo sin dramatismo, como quien nombra una coordenada geográfica. Marcela pensó que había algo en ese tono —esa ecuanimidad ante las cosas que duelen— que le resultaba más atractivo que cualquier cosa que él hubiera podido decir sobre sí mismo con intención de serlo.
Cuando el bar empezó a vaciarse eran casi las dos. Él pidió la cuenta para los dos antes de que ella pudiera decir nada. Afuera, en la vereda, la tormenta seguía sin caer pero el aire olía a tierra mojada como si ya hubiera caído en otro lugar del mundo.
—¿Adónde vas? —preguntó él.
—Palermo Soho —dijo ella—. Veinte minutos caminando.
Él señaló vagamente hacia el norte.
—Yo también.
Caminaron juntos cuatro cuadras en silencio. No era un silencio incómodo: era el silencio de dos personas que ya han dicho bastante y que saben perfectamente lo que no van a decir. En la esquina de Thames y Honduras él se detuvo.
—Aquí doblo.
Marcela se detuvo también. Estaban de frente, con dos pasos de distancia entre ellos, y la luz del semáforo en rojo les daba en la cara de un modo que hacía difícil saber dónde terminaba la noche y dónde empezaban las personas.
Él no dijo nada. Ella tampoco. El semáforo cambió a verde.
—Buenas noches —dijo él, y en su voz había algo que no era exactamente una despedida.
Marcela siguió caminando hacia el sur. No se giró. Pero durante los veinte minutos que tardó en llegar a casa siguió sintiendo el peso de su antebrazo contra el de ella, ese contacto de nada que lo había sido todo.
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