Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
amistad
El vestido rojo en el armario
Le había contado todo menos eso. Y eso era exactamente lo único que importaba.
Llevaban doce años siendo amigas y Nuria nunca había abierto ese armario delante de ella. Laura lo supo en cuanto la puerta cedió: el vestido rojo era nuevo, colgado con demasiado cuidado entre las blusas de trabajo, con la etiqueta todavía puesta.
—¿Y ese vestido? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Nuria tardó un segundo de más en contestar. Ese segundo lo decía todo.
—Lo compré para... una cita. Que no llegué a tener.
Estaban en el dormitorio buscando un pañuelo para la boda del domingo. Llevaban una hora preparándose juntas, con el vino a medias en la cocina y la música puesta, como siempre. Pero el vestido rojo había cambiado el aire de la habitación.
—Cuéntame —dijo Laura, y se sentó en el borde de la cama.
Nuria tardó en empezar. Habló del hombre al principio, de que habían quedado dos veces en un bar y que la tercera vez ella había comprado el vestido rojo pensando en cómo la miraría. Pero mientras hablaba no lo miraba a él, miraba a Laura. Y Laura lo notó. Lo notó de la misma forma en que Nuria se había quedado un instante con la mano en su hombro el día que la ayudó a mudarse, más tiempo del necesario.
—Olvídate del hombre —dijo Laura en voz baja—. Háblame de lo otro.
Nuria se quedó quieta. El disco seguía sonando desde la cocina. La tarde de mayo entraba por la ventana y les daba en la cara a las dos.
—No sé si sé hablar de eso —respondió Nuria.
—Prueba.
No hicieron falta muchas palabras. Laura se levantó del borde de la cama y fue hacia ella despacio, sin prisa, dándole tiempo a decir que no. Nuria no dijo nada. Cuando Laura le puso la mano en la mejilla, Nuria cerró los ojos un momento antes de apoyarse en ella, y eso fue suficiente.
Se besaron sin que ninguna de las dos hubiera decidido cuándo. El vestido rojo seguía en su percha. La boda del domingo podía esperar.
Después, tumbadas en la cama con la música llegando desde lejos, Nuria dijo: —Llevo años sin entender por qué ninguno me duraba. Laura le pasó un dedo por el brazo, despacio. —Ya lo entiendes.
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