Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
viaje
La curva de Cabo de Gata
Pararon a dormir en un hostal a medio camino y descubrieron que el viaje no era la excusa, era el principio.
El coche olía a sal y a gasolina cuando Nora apagó el motor frente al hostal. Habían salido de la ciudad a mediodía sin un plan claro, solo con la idea de llegar al mar antes de que se les acabara el fin de semana, y la carretera de Cabo de Gata los había ido vaciando de prisa kilómetro a kilómetro. Diego dormía con la cabeza contra la ventanilla. Ella le tocó la rodilla.
—Hemos llegado a alguna parte —dijo.
La habitación tenía una cama estrecha, una ventana sin cortina y el sonido del agua entrando por todas partes. Se habían conocido hacía cinco semanas, lo justo para no saber todavía cómo dormía el otro, y demasiado para fingir que aquel viaje era de amigos. Nora se quitó las sandalias y se sentó en el alféizar. La brisa le movía el pelo y le pegaba la camiseta al cuerpo. Diego la miró desde la cama como quien decide saltar.
—Ven —dijo ella, sin volverse.
Él se acercó por detrás y le apartó el pelo del cuello con dos dedos. Le besó la curva del hombro, el lugar donde la sal del día le había dejado la piel un poco áspera. Nora cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra su pecho. Fuera, una ola se rompía y se retiraba, marcando un compás que ninguno de los dos siguió.
Se besaron contra la ventana, con el aire de la noche entrando entre los dos. Diego le subió la camiseta despacio, preguntándole con la mirada en cada centímetro, y ella respondió levantando los brazos. Tenía la piel templada del sol acumulado durante el trayecto. Él recorrió esa tibieza con la boca mientras ella le desabrochaba el cinturón a tientas, riéndose de su propia torpeza.
La cama era estrecha y eso los obligó a buscarse, a enredarse, a quedarse sin un palmo de distancia. Nora se colocó encima y se quedó quieta un momento, mirándolo, con las manos abiertas sobre su pecho. Diego le sostuvo las caderas. No había prisa: tenían toda la noche y el ruido del mar para taparlo todo. Ella empezó a moverse y él la dejó marcar el ritmo, atento a cómo se le entrecortaba la respiración, a cómo decía su nombre como si lo estrenara.
Diego apoyó las manos abiertas en su espalda y sintió el sudor tibio, la columna moviéndose bajo las palmas como una ola pequeña. Afuera, el mar rompía con cadencia lenta. Nora inclinó la cabeza hacia atrás y el pelo le cayó sobre los hombros de él: un roce de seda húmeda. La sábana de lino, arrugada a un lado, tenía el peso exacto del abandono. Él cerró los ojos. No para irse, sino para quedarse del todo.
Hubo un momento en que ella se inclinó del todo, frente contra frente, y se quedaron así, respirándose, hasta que el placer los obligó a apretarse el uno contra el otro. Diego la rodeó por la cintura, pegando su pecho al de ella, las dos espaldas mojadas de sudor y de sal, la sábana revuelta a los pies.
Más tarde salieron descalzos a la cala. La arena guardaba el calor del día. Se sentaron en la orilla, ella entre las piernas de él, su espalda contra su pecho, y vieron cómo la luna abría un camino tembloroso sobre el agua negra.
—Mañana podríamos no volver —dijo Diego contra su oreja.
—Mañana —repitió Nora, y le cogió la mano para que no se la quitara de la cintura.
No prometieron nada. Una ola subió más de la cuenta y les mojó los pies, y ellos se rieron y no se movieron, dejando que el agua hiciera lo que quisiera.
¿Te has quedado con ganas de más?
Entra al canal de relatos eróticos y cibersexo y compártelo con gente real. Solo +18.
Más relatos
La llama que nunca se apagó
En el silencio de la noche, los ojos de Ana se encontraron con los de Carlos, y por un momento, el tiempo se detuvo. La tensión entre ellos era palpable, una mezcla de rabia, tristeza y algo más, algo que no podían ignorar.
Leer más → Relato eróticoLo que quedó del verano
Veinte años después, Carmen y Andrés se encuentran en un hotel de Tarragona. La distancia ya no existe. El tiempo, tampoco.
Leer más → Relato eróticoEl último trago en Palermo
Dos desconocidos comparten una mesa en Buenos Aires una noche de diciembre. Lo que no se dijeron duró más que lo que se tocaron.
Leer más →