Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
amistad
La línea de la cocina
Se conocían desde la universidad. Fregando los platos de la última fiesta del año, descubrieron que la línea entre amigos era más fina de lo que creían.
La fiesta se había ido apagando como se apagan las buenas fiestas, por agotamiento feliz, y para la una de la madrugada solo quedaban Nora y Julián en la cocina, rodeados de vasos pegajosos y restos de tarta. Eran amigos desde primero de carrera. Habían pasado nueve años llamándose a las tres de la mañana para hablar de otros, para llorar por otros, para reírse de otros. Nunca de ellos.
—Yo lavo, tú secas —dijo ella, arremangándose. Julián cogió el trapo. Trabajaban en silencio, cómodos, con esa coreografía de quien se conoce el cuerpo del otro de memoria sin haberlo tocado nunca. Hasta que sus manos se rozaron al pasar un plato, y los dos se quedaron un segundo de más con los dedos juntos bajo el agua tibia.
Nora levantó la vista. Julián ya la estaba mirando. —Esto es raro —dijo ella.
—¿El qué?
—Lo que estoy pensando. —Cerró el grifo. El silencio de la cocina se volvió enorme. Julián dejó el trapo en la encimera, muy despacio, como quien deja un arma para demostrar que viene en paz.
—Pienso en eso desde hace bastante más tiempo del que me gustaría reconocer —confesó él. Y dio un paso. Solo uno. Le dejó a ella el resto del camino, porque después de nueve años de amistad no iba a ser él quien decidiera por los dos.
Nora lo besó. Fue un beso distinto a todos los que se había imaginado en algún descuido: no torpe, no de prueba, sino de los que reconocen algo que ya estaba ahí. Julián la sujetó por la cintura y la atrajo contra él, y ella sintió bajo las manos la familiaridad de un cuerpo que conocía vestido y que ahora descubría de otra manera, el calor a través de la camiseta, la respiración acelerándose.
—Si seguimos no hay vuelta atrás —dijo Nora, separándose apenas, dándole la salida.
—No quiero volver atrás —respondió Julián, y le subió las manos por debajo de la blusa, y ella se estremeció contra la encimera fría. La levantó para sentarla sobre el mármol, se colocó entre sus piernas, y el beso siguiente ya no tuvo nada de cauteloso. Nora le enredó las piernas en la cintura, le tiró del pelo, le mordió el labio inferior con una urgencia que llevaba años acumulándose sin que ninguno la nombrara.
Se desnudaron a medias, riéndose de la incomodidad de la cocina, de un cajón que se les clavaba, hasta que dejaron de reírse porque la cosa se puso seria de otra forma. Julián la conocía: sabía leerle la cara como en una conversación, y cuando ella entrecerró los ojos él entendió y bajó el ritmo, y cuando ella le clavó los talones en la espalda él entendió lo contrario. Esa intimidad de años se tradujo en una manera de tocarse que parecía ensayada sin haberlo sido nunca.
Nora se aferró a sus hombros cuando el placer la alcanzó, escondió un gemido en su cuello, y Julián la abrazó mientras temblaba, susurrándole su nombre como si fuera la primera vez que lo decía y, en cierto modo, lo era. Después se quedaron así, ella sobre el mármol, él entre sus brazos, los dos sin aliento entre los vasos sucios.
—Mañana va a ser muy raro —dijo Nora contra su pelo.
—Mañana —contestó Julián, besándole el hombro— pienso traerte el café a la cama y volver a hacerte el desayuno raro durante muchos años. —Ella se rió, le revolvió el pelo, y por primera vez en nueve años no tuvo a nadie a quien llamar a las tres de la mañana para contarle lo que acababa de pasar.
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