Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
cita
La mesa del fondo
El vino tinto dejó una mancha en el mantel de lino que ella borró con el dedo índice, llevándoselo después a la boca. Él no apartó la mirada. La ropa le quedaba un poco holgada y eso le excitó más que cualquier vestido ceñido.
El local olía a pan recién horneado y a ese perfume de hombre que llevan los gabardinas de paño grueso. Él llegó cinco minutos tarde, pero ella ya estaba sentada en una mesa del fondo, con un vino tinto medio lleno y un libro de tapas duras que no había abierto. Cuando lo vio, cerró el libro de golpe y empujó la copa hacia él.
—El camarero dijo que pedías un malbec —dijo, señalando la botella abierta—. Pero no te quedes ahí parado. Siéntate o me como yo sola el pan.
Llevaba un jersey de lana verde botella que le llegaba por encima de las caderas, demasiado grande para su cuerpo, como si se lo hubiera robado a alguien más alto. Las mangas le cubrían las manos casi por completo y cada vez que movía los dedos, el tejido se tensaba alrededor de los nudillos. Él se quitó la gabardina y la colgó en el respaldo de la silla sin preguntar, como si llevara años haciendo lo mismo en ese sitio. Ella no apartó los ojos de sus manos mientras se servía otra copa.
—Te confieso algo —dijo ella, trazando círculos en el mantel de lino con la uña del pulgar—. Pensé que te ibas a rajar. Que llegarías con algún pretexto barato sobre el tráfico o el trabajo.
—¿Y tú? —preguntó él, acercando el borde de su copa al de la de ella hasta que el cristal chocó con un sonido claro—. ¿También pensaste que yo era un gilipollas antes de verme?
Ella rió, y el sonido le subió por la garganta como un líquido espeso. Se llevó el dedo índice a la boca, como si probara el vino que aún le quedaba en la piel, y luego lo deslizó entre los labios. Él contuvo el aire al ver cómo la lengua rosada se enredaba un segundo en la yema antes de retirarse.
—No —dijo ella—. Solo que no sabía si ibas a ser interesante. O si yo iba a poder con esto.
Él no preguntó qué significaba esto. En lugar de eso, alargó la mano y le rozó el puño del jersey donde la lana se aflojaba al ritmo de su respiración. El contacto duró menos de un segundo, pero fue suficiente para que ella cerrara los ojos un instante. Cuando los abrió, la copa ya estaba vacía.
—Pedimos otra ronda —propuso él—. O nos vamos de aquí ahora mismo y me enseñas lo que no pudiste con.
Ella alzó una ceja, pero no apartó la mano cuando él la cubrió con la suya, esta vez sin prisa. El camarero pasó con una bandeja de aceitunas y la mirada se les fue al mismo tiempo hacia su muñeca, donde una pulsera de plata fina se enredaba entre los pliegues de su blusa.
—Vamos —dijo ella—. Pero pago yo. Tú me debes una cena desde la última vez que quedamos en persona.
Afuera, la noche olía a gasolina y a hierba recién cortada. Él le ofreció el brazo y ella lo tomó, sintiendo cómo el jersey se le subía un par de centímetros al caminar, dejando al descubierto un trozo de piel entre el dobladillo y el cinturón de sus vaqueros. Él no dijo nada. Solo apretó el brazo contra su costado y se dejó llevar hacia dondequiera que fuera. Porque, al final, lo único que importaba era que el camino ya no era a ciegas.
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