Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas

rutina

La última copa antes del primer beso

El hielo se derretía en el vaso y con él, la vergüenza de años reducida a un suspiro. Lo que empezó como un café se convirtió en el pretexto perfecto para recuperar los dedos de ella entre los suyos.

El bar de siempre olía a madera vieja y a cerveza barata, el mismo que frecuentaban los viernes por la noche cuando el mundo se les venía encima y necesitaban fingir que el tiempo no pasaba. Pero esta vez no era viernes. Era martes, y el local estaba casi vacío, solo la luz amarillenta de las lámparas y el murmullo lejano de la televisión colgada en la esquina.

Él llegó primero, como siempre, y se sentó en la misma mesa de madera astillada junto a la ventana. Se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo, dejando al descubierto una camisa azul que llevaba años sin planchar. No era elegante, pero le quedaba bien. O eso le decía ella, hace mucho tiempo, cuando aún se fijaba en esos detalles.

Ella apareció cinco minutos después, con unos vaqueros ajustados y una blusa blanca que dejaba entrever el sujetador de encaje negro que él no recordaba haberle regalado, pero que desde luego le gustaba ver. Llevaba el pelo recogido en una coleta deshecha, como si llevara prisa, aunque él sabía que no era cierto. A veces se recogía el pelo así cuando quería sentirse más dueña de sí misma, más limpia de todo lo que los años le habían pegado encima como una segunda piel.

—Pedí un gin-tonic —dijo él al verla—. Espero que no te moleste.

—No me molesta —respondió ella, sentándose frente a él—. Pero pediré un café. Necesito estar despierta para esto.

Dos cafés y un gin-tonic después, el hielo se había convertido en agua tibia y el silencio entre ellos ya no pesaba tanto. Él deslizó la mano sobre la mesa hasta rozar con los dedos los de ella. No fue un gesto calculado, pero tampoco casual. Era más bien un recordatorio, como si le dijera: *aquí estoy, aún te conozco, aún sé cómo me enciendes*.

Ella no apartó la mano. Se limitó a mirar sus dedos entrelazados, como si buscara algo en el vacío que se había instalado entre ellos durante años. Entonces, sin previo aviso, llevó la otra mano a la mejilla de él y le acarició la barba incipiente, áspera y familiar.

—¿Te acuerdas de la primera vez que hicimos esto? —preguntó, refiriéndose al gesto, no al café.

Él asintió, pero no respondió con palabras. En su lugar, se inclinó hacia adelante y rozó sus labios contra los de ella, un beso suave, casi tímido, como si ambos tuvieran miedo de que el otro desapareciera si se dejaban llevar. Pero el sabor del gin-tonic en la boca de él y el aroma a vainilla del café en la de ella los ancló al presente.

Tardaron en separarse. No fue un beso largo, pero tampoco breve. Fue suficiente para recordar por qué se habían buscado una y otra vez, por qué se habían elegido entre todas las opciones que el mundo les ponía delante. Cuando por fin se apartaron, ella sonrió, y en sus ojos ya no había solo cansancio, sino también una chispa nueva, algo que llevaba demasiado tiempo apagado.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.

Él no respondió con palabras. En su lugar, se levantó, dejó un billete sobre la mesa y le tendió la mano. Ella la tomó, y juntos salieron del bar sin mirar atrás, como si el lugar ya no tuviera nada que ofrecerles. Fuera, el aire nocturno era fresco y olía a lluvia cercana. Caminaron así, en silencio, hasta llegar a su casa, donde la puerta se cerró tras ellos con un clic que resonó en el pasillo vacío, como un susurro del pasado que se negaba a quedarse atrás.

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