Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
confesion
Lo que nunca te dije
Once años juntos y todavía me quedaba algo por contarte. Tardé una botella de vino en empezar la frase y media en terminarla.
Llevábamos once años durmiendo en el mismo lado de la cama, así que no fue fácil mirarte y decir que había algo. Empecé tres veces. La tercera ya habías apagado la lámpara y tuve que volver a encenderla, lo cual no ayudó. —Tengo que… bueno. Es una tontería —dije, que es exactamente lo que dice la gente antes de soltar algo que no es ninguna tontería. Tú esperaste con esa cara tuya de no me asustes pero tampoco te calles.
Lo conté de mala manera, a trozos, mirándome las manos. Que a veces, al imaginarme contigo, no éramos del todo iguales. Que me gustaba la idea de soltar el control. De que tú mandaras y yo, por una vez, no decidiera nada. Lo dije y se me calentó la cara como una cría, después de once años, ya ves. —¿Mandar mandar? —preguntaste, y note que no era espanto, era que estabas calibrando—. ¿Tipo… qué? ¿Atarte? Yo no sé hacer un nudo decente, te lo aviso.
Nos reímos, que falta hacía. Y luego hablamos en serio, en la cocina, con el vino casi vacío y tú apoyada en la encimera. Pusimos cosas encima de la mesa, literalmente, como una lista de la compra rara. Lo que sí. Lo que ni de broma. Que nada de marcas, que al día siguiente yo tenía reunión. Que si decía basta, era basta de verdad, no parte del juego. —Necesitamos una palabra —dijiste tú, práctica como siempre—. Algo que no se nos escape en mitad de la cosa. Y elegimos «paraguas», porque era absurdo y porque jamás lo diríamos sin querer. Y una a medias: «amarillo» para ir más despacio. Lo apuntaste en el móvil, no sé si en serio o por hacerme rabiar.
La noche del sábado tardé en arrancar. Tú habías leído algo, se notaba, porque empezaste preguntando, no ordenando. —¿Las muñecas detrás o delante? —Detrás. —¿Te molesta el cinturón este o busco un pañuelo? —El pañuelo. Y mientras me ataba las manos a la espalda, despacio, comprobando con un dedo que cabía entre la tela y mi piel, sentí esa cosa rara y buena de no poder hacer nada y de fiarme de ti igualmente. —Si esto aprieta, paraguas —dijiste contra mi nuca—. Y si solo quieres respirar, amarillo. No es trampa pedir aire.
Me besaste sin prisa, mordiéndome el labio justo lo que yo no sabía que quería, y tiraste del pañuelo que me sujetaba para girarme la cara hacia ti. Me hablabas bajo, cosas que de día te darían vergüenza, y yo solo podía contestar que sí. Tu mano bajó por mi vientre con una calma que era casi crueldad, demorándose donde yo te empujaba a quedarte, retirándose justo entonces. Cada poco parabas. —Mírame. ¿Bien? —y yo asentía con la voz tomada, y tú seguías, midiendo en mi respiración hasta dónde llegar, leyéndome mejor de lo que yo me leo.
Hubo un momento en que me apretaste la muñeca de más y se me escapó un siseo. Tú frenaste en seco, antes incluso de que yo pensara la palabra. —Eh. ¿Paraguas? —No —dije—, amarillo, solo un poco. Aflojaste el pañuelo, me besaste el hombro, esperaste a que volviera, y solo cuando asentí continuaste. Que pararas así, sin dudar, por una sílaba mía, fue lo que de verdad me deshizo. No el atarme. Eso: que mi voz seguía pesando aunque hubiera entregado todo lo demás.
Después me soltaste las manos tú misma, frotándome las muñecas donde la tela había dejado una marca tenue que se iría antes del lunes. Nos quedamos enredados, sudados, con esa risa floja del que ha cruzado una raya y resulta que del otro lado no había monstruos. —Llevabas esto callado once años —dijiste, no como reproche, casi con pena—. Idiota. Me encogí de hombros contra tu pecho. —No sabía cómo. —Pues ya sabes —dijiste, y apagaste la lámpara, esta vez para siempre—. La próxima me dejas a mí elegir la palabra. Y guarda el pañuelo, que es de los buenos.
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