Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas

Relato erótico

Lo que quedó del verano

Veinte años después, Carmen y Andrés se encuentran en un hotel de Tarragona. La distancia ya no existe. El tiempo, tampoco.

Carmen reconoció su forma de apoyar la mano sobre el cristal antes de verle la cara. Era un gesto que él tenía hace veinte años —la palma plana, los dedos ligeramente separados, como si necesitara confirmar que la superficie era real— y aparentemente seguía teniéndolo.

Estaban en el bar del hotel, en Tarragona, en un congreso de gestores de patrimonio cultural que ninguno de los dos habría elegido asistir de no haber sido porque sus respectivas empresas los habían enviado. La ironía de eso —de que los hubiera reunido el azar administrativo después de veinte años— no se le escapó a Carmen mientras pedía un agua con gas y trataba de decidir si cruzar la sala.

No cruzó. Fue él quien la vio.

Andrés tenía cincuenta y un años y los llevaba con la clase de comodidad que tienen los hombres que han dejado de preocuparse por si los llevan bien. El pelo entrecano, algo más delgado que antes, con unas gafas que no llevaba en los tiempos en que se conocieron en Valencia y que le daban un aire de persona que lee de noche. Carmen pensó, sin querer pensarlo, que le sentaban mejor que cualquier cosa que hubiera llevado a los treinta.

—No puede ser —dijo él, y en su voz había algo que no era sorpresa sino reconocimiento.

Se dieron dos besos como hacen los adultos españoles cuando se reencuentran y no saben todavía qué tipo de reencuentro va a ser. Carmen olió su colonia —diferente a la de antes, más madera, menos cítrico— y pensó que ese cambio lo resumía todo.

Cenaron juntos. El congreso había provisto una cena de buffet en la terraza con vistas al mar y ellos se apartaron hacia una mesa pequeña en el extremo, casi sin acordarlo. Hablaron de lo evidente primero: qué hacían, dónde vivían, si tenían hijos. Él, uno, ya en la universidad. Ella, ninguno, por elección, una elección sobre la que ya no sentía la necesidad de dar explicaciones.

—¿Estás bien? —preguntó él en algún momento, y lo preguntó de una manera que hacía que la pregunta significara algo más que lo que significan esas palabras normalmente.

—Sí —dijo Carmen—. Ahora sí.

Esa «ahora» flotó entre los dos durante un rato.

Después de cenar salieron a dar una vuelta por el paseo. El aire de septiembre en Tarragona tiene una calidad particular: ya no es el verano pero todavía lo recuerda, como una persona que ha empezado a olvidar pero todavía no ha terminado. Caminaron despacio, hablando de la ciudad, de la muralla romana que se veía iluminada desde la playa, de si habían estado antes.

—Vine con mis padres de pequeña —dijo Carmen—. No recuerdo nada excepto el calor y que me caí en las ruinas.

—¿Te hiciste daño?

—Me rompí una sandalia. Fue la mayor tragedia del verano.

Él se rió, y Carmen reconoció también esa risa —ese inicio lento que se convertía en algo genuino— y sintió algo que no supo nombrar del todo pero que tenía que ver con el tiempo y con lo que no cambia en las personas aunque todo lo demás sí lo haga.

Se detuvieron en un banco frente al mar. Hacía calor todavía. Carmen se había quitado la chaqueta y la llevaba sobre el brazo, y en algún momento Andrés la cogió sin preguntar y la puso sobre el respaldo del banco entre los dos, y ese gesto —tan casual, tan antiguo— fue el primero que rompió algo.

—¿Piensas en aquello alguna vez? —preguntó él.

Carmen no necesitó preguntar a qué se refería.

—A veces —dijo—. Cada vez menos. Pero a veces.

—Yo también.

El mar hacía un ruido suave y repetido. Andrés puso la mano sobre la chaqueta que los separaba, y luego la puso sobre la mano de Carmen, y Carmen no la retiró. Estuvieron así un rato largo, mirando el agua, sin decir nada, y en ese silencio había una conversación entera que llevaban veinte años sin terminar de tener.

Cuando volvieron al hotel la recepción estaba desierta. El ascensor llegó y subieron juntos. En el tercer piso, que era el de Carmen, las puertas se abrieron y ella no supo durante un segundo entero si salir o no salir.

Salió.

Él puso la mano en el marco de la puerta —esa palma plana, esos dedos separados— para que no se cerrara.

—Mañana hay conferencia a las nueve —dijo.

—Lo sé —dijo Carmen.

Ninguno de los dos se movió durante lo que pareció un tiempo considerable. Luego Carmen sacó la tarjeta del bolsillo y abrió la puerta de su habitación. Se giró una vez antes de entrar. Andrés seguía en el ascensor con la mano en el marco y los ojos en ella, y en esos ojos había algo que Carmen reconoció perfectamente porque era lo mismo que sentía ella: la certeza de que esto, lo que fuera esto, no había terminado. Que apenas acababa de empezar.

La puerta se cerró. Carmen se apoyó en ella en la oscuridad y escuchó el ascensor que subía.

¿Te ha gustado?

¿Te has quedado con ganas de más?

Entra al canal de relatos eróticos y cibersexo y compártelo con gente real. Solo +18.

✅ Sin registro · 🔒 anónimo · 🔞 solo mayores de 18 años

Más relatos