Sexualidad
Mitos del sexo que conviene desmontar de una vez
El tamaño, la duración, el orgasmo simultáneo... Repasamos las creencias que más ansiedad generan y lo que dice la realidad detrás de cada una.
Buena parte de lo que los adultos creen saber sobre sexo lo aprendieron donde nadie aprende bien: el porno, el vestuario del colegio, alguna revista de quiosco o un chiste que se quedó grabado a los catorce años. El resultado es un conjunto de ideas que no resisten el análisis pero que siguen marcando cómo mucha gente se siente en la cama. Las más dañinas no son las que escandalizan: son las que se dan por supuestas y hacen que alguien se sienta defectuoso sin saber exactamente por qué. Vamos a revisar las más frecuentes y las que más ansiedad innecesaria generan.
El tamaño y la duración
El mito del tamaño es probablemente el que más cabezas ha amargado. La realidad incómoda para quien lo padece es que la mayoría de las terminaciones nerviosas relevantes en la penetración están en el primer tercio externo de la vagina. Lo que sobra, sobra, y muchas veces sobra para mal. Hay encuestas en las que las parejas se preocupan bastante menos por el tamaño de lo que cree quien lo sufre por dentro. Y sobre la duración: la idea de que aguantar veinte minutos es lo normal viene de una industria que se dedica precisamente a fingirlo, con cortes de cámara incluidos. Los estudios sobre tiempo hasta el orgasmo en penetración dan medias de unos pocos minutos. No es un examen, ni hay un tiempo "correcto" escrito en ninguna parte.
- Mito: más grande es mejor. Realidad: la sensación depende más de la técnica y de la complicidad.
- Mito: el sexo "de verdad" es la penetración. Realidad: para muchas personas con vulva no es ni siquiera la vía principal al orgasmo.
- Mito: si tardas en correrte, algo falla. Realidad: a veces es el estrés, a veces es la medicación, a veces es martes.
El orgasmo y otras leyendas
Lo del orgasmo simultáneo es bonito en las películas y rarísimo en la cama real. Perseguirlo suele estropear el momento, porque uno se pasa la recta final pendiente del cronograma del otro en lugar de lo que está pasando. Tampoco es verdad que el deseo aparezca solo, como un rayo que cae del cielo: muchas veces el deseo llega después de empezar a tocarse, no antes, y eso no significa que algo vaya mal. Y el mito de que una pareja sana lo hace X veces por semana ha hecho sentir defectuosa a mucha gente que simplemente tenía una vida, un trabajo agotador y niños que no duermen. Hay otro que duele en silencio: la idea de que una mujer debería correrse siempre con la penetración. La mayoría no funciona así, y montones de parejas se pasan años creyendo que tienen un problema cuando lo único que les falta es información.
Hablar de esto con la otra persona desmonta la mitad de los mitos en una tarde. Si te cuesta arrancar la conversación, en nuestra guía de comunicación y consentimiento hay maneras concretas de hacerlo sin que parezca un interrogatorio. Y si prefieres preguntar dudas en caliente y sin dar tu nombre, el chat está para eso.
¿Existe el punto G?
Hay una zona en la pared anterior de la vagina que en muchas personas responde bien al estímulo, aunque la comunidad científica lleva décadas discutiendo si es una estructura propia o más bien parte del clítoris interno, que es bastante más grande de lo que cuentan los libros viejos. Llámalo como quieras: lo útil es explorar con calma y sin obsesionarse con encontrar un botón mágico que dispare fuegos artificiales a la primera.
¿La masturbación afecta a las relaciones?
No le quita nada a la pareja. Conocer tu propio cuerpo suele hacer el sexo compartido mejor, porque sabes qué pedir. El problema no es masturbarse; es usarlo para evitar hablar de lo que no funciona.
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