Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas

reencuentro

Entre los estantes de la librería

Un libro caído en el pasillo reaviva una llama dormida; los recuerdos se entrelazan con una nueva tensión que no pueden negar.

El sonido de la campanilla sobre la puerta de la pequeña librería de barrio resonó como un suspiro largo. Clara, con la mano todavía cubierta de tinta de la última firma de un autor, se giró al sentir el leve temblor del aire. Allí, entre los estantes de poesía, un hombre alto, de cabello entrecano y ojos que aún guardaban la sombra de aquella noche de verano, la miró sin decir nada.

El tiempo había dibujado una ligera línea de canas en la sien de Alejandro, pero su postura seguía tan segura como la de aquel 2015 en que se habían besado bajo la lluvia. Se acercó, la distancia entre ellos se redujo a la longitud de una frase que no se atrevía a pronunciar. "Clara", dijo, y su voz se quedó atrapada en la madera del mostrador, como una canción que se rehúsa a terminar.

Clara sintió el calor de aquel nombre recorrerle la columna. Sus dedos se entrelazaron con el lomo de un libro de Neruda que había tomado al azar; el papel crujió bajo la presión, liberando un aroma a polvo y a tinta vieja. "No esperaba encontrarte aquí", respondió, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa que recordaba los juegos de miradas que compartían en la universidad.

Los dos se movieron hacia la sección de novelas eróticas, como si el destino hubiera preparado ese pasillo para ellos. Alejandro tomó un ejemplar de "Cuentos de la noche" y lo deslizó discretamente bajo la mesa, dejándolo al alcance de Clara. Ella lo abrió con delicadeza, y la primera frase, cargada de promesas, le hizo temblar los dedos. Sus ojos se encontraron de nuevo, y en ese cruce hubo una corriente que los hizo respirar más profundo.

"¿Recuerdas la noche del puente?", preguntó Alejandro, y el tono de su voz llevaba la mezcla exacta de nostalgia y deseo. Clara asintió, y una corriente de recuerdos la arrastró al instante: el sonido del río, la lluvia pegada a la piel, el roce de sus cuerpos bajo una manta improvisada. "Pensé que esa noche se quedó en la memoria", susurró, y sus palabras se deslizaron como un suspiro sobre la madera del mostrador.

Sin decir nada más, Alejandro tomó la mano de Clara y la condujo a un rincón apartado, donde la luz del sol se filtraba a través de una ventana alta, dibujando sombras alargadas sobre el suelo. Allí, los dos se quedaron de pie, la cercanía era un puente que nunca se había roto. Sus respiraciones se mezclaron, el ritmo de sus corazones marcaba un compás que sólo ellos podían oír.

Clara sintió la mano de Alejandro recorrer la curva de su nuca, la presión de sus dedos sobre la columna vertebral despertó una corriente eléctrica que recorrió todo su cuerpo. Él la acercó, sus labios rozaron la zona del cuello, dejando una estela de calor que hizo temblar la piel de Clara. Cada beso, cada caricia, era un recordatorio de lo que habían sido y de lo que ahora podían ser.

El libro de Neruda cayó al suelo, abierto en una página que hablaba de la inevitabilidad del deseo. Alejandro tomó la mano de Clara y la guió hacia la silla de la esquina, donde el polvo del suelo se mezcló con el perfume de los libros. Allí, entre susurros y palabras que ya no necesitaban ser pronunciadas, sus cuerpos se buscaron con la urgencia de quien sabe que el tiempo no volverá a darles otra oportunidad.

La tarde se deslizó lenta, y la luz se tornó dorada, como si la librería fuera un refugio fuera del mundo. Cuando finalmente se separaron, sus miradas permanecieron clavadas, cargadas de una promesa que no requería más que el recuerdo de una mano, un aliento, un instante compartido. Salieron de la tienda sin decir adiós, pero con la certeza de que el deseo que habían guardado en el silencio volvería a encontrarse, una y otra vez, en los rincones inesperados de la vida.

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