Contenido para mayores de 18 años · ficción entre personas adultas
fantasia
El sabor de lo prohibido
Llevo semanas mordisqueando esta confesión entre besos robados. Hoy, por fin, la pronuncio en voz alta y la noche se deshace en promesas húmedas.
La cena seguía humeante sobre la mesa cuando él, con los dedos aún engrasados por la salsa de ajo, rozó el muslo de ella bajo el mantel. No fue un roce casual. Fue una pregunta que llevaba semanas en el aire, como el vapor del vino tinto que Luis acababa de servirse.
—Oye —murmuró ella, girando el tallo de la copa entre los dedos—. Esto no me lo esperaba.
—¿El qué? —preguntó él, aunque ambos sabían a qué se refería. El silencio entre ellos no era incómodo. Era denso, como la piel de los melocotones en agosto, cuando el sol los ha dejado demasiado maduros para resistirse.
—Lo que vas a decir —aclaró Clara, ladeando la cabeza—. O lo que no vas a decir, mejor dicho. Porque llevamos meses dando vueltas como gatos en celo alrededor de… bueno. Eso.
Luis dejó de jugar con el tenedor. Lo apoyó contra el plato con un *clink* que resonó en la cocina vacía. La luz del flexo de techo se reflejaba en los platos sucios, pero a él solo le importaba el brillo en los ojos de Clara, ese destello que siempre aparecía cuando tocaban el tema sin nombrarlo. La fantasía que ambos se regalaban en la ducha, en la cama, incluso en medio de una reunión aburrida por Zoom.
—Dímelo —pidió ella, y su voz sonó más ronca de lo habitual—. Pero en voz alta. No como esas veces en que lo susurras tan bajo que tengo que pegarme a ti para oírte.
—¿En serio? —Luis se pasó la lengua por los labios, como si la frase ya le hubiera dejado un regusto en la boca—. ¿No prefieres que te lo escriba en un post-it para que lo leas en el trabajo?
Clara soltó una carcajada corta, casi un bufido. Luego se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en la mesa, acercando su cara a la de él hasta que el aliento se mezcló con el de Luis. Olía a café recién hecho y a ese perfume caro que se ponía solo para él los jueves por la noche.
—Prefiero que me lo digas mientras me miras a los ojos. Como si fuera la única cosa que existe en el mundo.
Luis tragó saliva. La mesa crujió bajo sus manos cuando las cerró en puños.
—Quiero que me ates a la cama. Con… con las ataduras esas que tienes en el cajón de la mesilla. Las de seda verde. Y quiero que lo hagas mientras me besas así —señaló su boca con un dedo—. Como si yo fuera el postre que no te vas a comer hasta el final. Pero sin comerme. Todavía.
Clara no apartó la mirada. Se llevó una aceituna a la boca y la masticó lentamente, como si estuviera saboreando cada palabra que salía de los labios de Luis. Cuando terminó, se lamió los dedos uno por uno, y él sintió que la sangre le bajaba hasta lugares inconvenientes.
—Y yo quiero que tú lo hagas —contestó ella—. Que me ates. Y que no me sueltes hasta que te lo pida tres veces. Pero no puedes tocarme. Solo con… con lo que me digas. Palabra por palabra.
—¿Y si me porto mal? —preguntó Luis, aunque ya sabía la respuesta.
Ella sonrió, lenta y peligrosa, como el amanecer después de una noche de tormenta.
—Entonces tendré que castigarte. Pero no te preocupes —dijo, levantándose y tirando la servilleta sobre el plato—. Ya he pensado en el castigo exacto.
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